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¿Cómo y cuando puede irnos mejor a cada uno de nosotros y qué parte de
responsabilidad estamos dispuestos a asumir..?... ¿Cómo puede sobrevivir nuestro
Planeta a las agresiones que le infligimos permanentemente? ¿Con qué
herramientas nos enfrentamos a este barco que hace aguas por todas partes,
incluyendo las relaciones interpersonales?
Naturalmente este proceso de indagación nos obliga a ir al encuentro de
múltiples campos del pensamiento y actividad humanos desde los contenidos de la
mente, pero es preciso igualmente hablar de la conciencia, ya que esta es
inseparable de nuestra condición. Puesto que la mente y la conciencia de las
colectividades humanas a causa del fenómeno mundial de la globalización y el
haber caído más y más en el espejismo de lo material son ferozmente manipuladas
cada día con programas tendentes al lavado de cerebro colectivo y a la
idiotización general, este post viene a ser una especie de voz de alarma, un
esfuerzo por descubrir el juego de los poderosos y - a la vez- nuestro grado de
complicidad en ese juego, que es el juego del egocentrismo.
Existen en el entramado colectivo dos tipos de conciencia determinantes de las
actuaciones individuales y finalmente colectivas: la conciencia social y la
conciencia espiritual. La primera es la preferida por el materialismo, no
importa qué nombre adopte en cada campo de la actividad social. La segunda es la
preferida por los hombres que desean vivir en el espíritu, y que reclaman para
el espíritu un mundo justo, pacífico, donde la bondad, el altruismo, y el
sentimiento de hermandad, unidad y libertad sean las claves de la convivencia.
Desde estas líneas se hace una llamada al despertar de la conciencia espiritual,
que se ve obligada a luchar con sus tradicionales enemigos: el fanatismo, la
ignorancia, el dogmatismo, el cientifismo ultra-racionalista, y autodivinizado
adjunto a la apatía inmovilista y gregaria, invitando al lector a la reflexión
personal desde la óptica del cristianismo libre de teólogos, jerarquías,
inquisidores, financieras vaticanas, impostores, tergiversadores, oportunistas,
beatos, teócratas y toda esa pléyade de cortesanos religiosos y laicos de todas
indumentarias y categorías, que amparándose en diferentes tipos de "biblias"
(debidamente mutiladas, seleccionadas y acomodadas a sus fines en nombre de su
aparente santidad o seriedad) aparecen como representantes incuestionables del
orden y la justicia en los diversos campos de la espiritualidad o de la vida
política o social. Sin embargo, actúan todavía en múltiples ocasiones (¿se puede
imaginar mayor cinismo?) contrariamente incluso a los principios que dicen
representar o defender, para captar y vivir de la energía de las gentes a las
que embaucan y atrapan por medios ilegítimos, taimados o impositivos a pesar de
ser legales en muchas ocasiones, pues legal y legítimo son, muy frecuentemente
espacios angulares opuestos por el vértice ético.
Estimo que es urgente reivindicar de una vez los valores éticos más apropiados
para esta época de naufragios, así como la conciencia libre, y señalar
parámetros que permitan la eclosión de esa libertad, denunciando abusos y
deformaciones de la verdad que acaban influyendo siempre en el comportamiento de
conciencias debilitadas.
Puesto que la conciencia es determinante en las actuaciones humanas, llamo la
atención al papel de las religiones institucionales como "deformadoras de
conciencia". Las religiones institucionales han renegado de lo espiritual y han
falseado los contenidos profundos del Espíritu Cristiano para constituirse en
castas dominantes y centrarse en los privilegios sociales y en el disfrute del
poder y las riquezas del mundo por quienes las dirigen.
Algunos se aferran a los valores humanistas como alternativa. Pero basta ver el
fracaso de esta civilización causante del cambio climático y de la injusticia y
la violencia global, para darnos cuenta de lo que produce el humanismo sin Dios.
El Humanismo en política, religión, sociología, psicología, filosofía, etc. no
sólo ha perdido la batalla del progreso: es que ha perdido el barniz de
principios hipócritas que lo encubría. Y basta observar lo que sucede en nuestro
mundo para comprender que es debido a partes iguales a una cierta candidez sobre
la condición humana y a una sobre valoración del intelecto y la razón, por un
lado, y por el otro a una perversa manipulación ideológica tendente a someter a
la humanidad a la que dicen querer ayudar con sus principios.
El Humanismo intenta obviar la raíz divina de la conciencia y la convierte en
sujeto histórico, en lugar de pensar en ella como parte de la divinidad. Esto
limita extraordinariamente su visión del mundo. Así que se va por las ramas.¿Y
cuáles son las ramas? La psicología conductista, la Gestalt, la democracia
formal, el neoliberalismo, la filosofía racionalista y otras muletas donde el
Poder se sostiene.
Estas afirmaciones pueden resultar un tanto llamativas para algunas buenas
personas que creen en "la humanidad" en abstracto y piensan en el Humanismo como
un elemento liberador. Pero observen, observen a la humanidad en concreto.
¿Dónde está la conciencia de esta humanidad que lleva tantos siglos
alimentándose de humanismo y de iglesias? Precisamente el mundo en que vivimos y
su decadencia más que evidente son consecuencia de la candidez de tantas almas
captadas por un humanismo materialista disfrazado de salvador y civilizador en
todos los continentes.
Ni siquiera ha sido capaz de convertir en realidad los famosos Derechos Humanos.
¿Por qué? Porque falta activar la conciencia espiritual, que está por encima de
la conciencia social. Y esta ha sido la raíz profunda del fracaso de todas las
revoluciones históricas, que son en realidad el fracaso de una concepción
humanista de la vida.
También las llamadas democracias han sido incapaces de solventar la vida
colectiva, sometida a los vaivenes y a la dictadura del mercado ante el que los
gobiernos se muestran incapaces de controlar. No digamos ya las dictaduras. Pero
si las democracias no funcionan y las dictaduras son posibles siempre que las
crisis se agravan hay que mirar de nuevo en la conciencia de las gentes.
Pero las gentes -oh, cruel paradoja-admiran al poder, ansían ser ricos, y
desprecian a los que piensan que están por debajo por cuestiones como la raza,
el sexo, el dinero, etc. Las gentes mayoritariamente no son bondadosas, ni
altruistas, ni quieren más bien que el propio. Esta es la raíz podrida del mundo
que debe ser renovada. No se puede cambiar el mundo sin que cambiemos los que
vivimos en él. Y nadie lo cambiará por nosotros.
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