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“Sólo con la confianza
vivo de que he de morir;
porque muriendo, el vivir
me asegura mi esperanza:
muerte do el vivir se alcanza
no te tardes que te espero,
que muero porque no muero.”
Santa Teresa de Jesús.
AL MARGEN DE LA LITERATURA ESPAÑOLA FEMENINA
La cultura de la mujer, desde luego, no ha sido entre nosotros “fuerza de
mayoría” hasta hace muy poco... si es que ya lo es. Sin embargo, siendo
manifestación de minoría dio frutos más escogidos que en muchos otros países,
que se tienen por más adelantados, en lo que al progreso de la mujer respecta.
Esto, suponiendo que haya habido jamás, ni haya tampoco hoy día, país alguno en
que la cultura -no la enseñanza, sino lo que por cultura deba entenderse- se
halle difundida hasta el punto de estar generalizada. Ni entre las mujeres, ni
entre los hombres, la cultura ha sido nunca bien abundantemente repartida.
Ahora bien; todos los autores que han estudiado la literatura española femenina,
o, más explícitamente, las manifestaciones de ingenio femenino español, citan
multitud de nombres. Parece como si en tal materia lo esencial fuese la
cantidad.
Considerar como escritoras, como se ve en ciertos estudios, a todas las mujeres
de quienes perduran escritos, así sean éstos tan pocos literarios como los
memoriales presentados al Santo Oficio por la Pampana, en el proceso que le fue
incoado en Ciudad Real en los años 1483 a 1484, nos parece un punto exagerado. Y
nada digamos cuando la producción literaria se limita, cual la de Beatriz
González, a dar cuenta a la Inquisición de Toledo, que la procesó por judaizante
en 1530, de las prácticas que se le imputaban, tales como hacer bañar a su hijo
en vísperas de boda, o encender candiles nuevos los viernes; o, cual la de
Isabel de Granada, que sólo consta de una carta en que niega ser tan discreta
como pregonaba la fama.
Escritos hay, mencionados entre la producción literaria femenina española, tan
ajenos a la literatura como esa Relación de todas sus enfermedades, que hubo de
hacer, por obediencia, la Madre Francisca de Jesús, en agosto de 1604.
Idéntico propósito nos debe hacer pasar por alto personalidades cuya fama se
debe antes a un apellido ilustre, o a las relaciones que sostuvieron con
ilustres personajes, que a la que su propio valor pudiera granjearles: el haber
llegado hasta nosotros el nombre de Clementa Piña, verbigracia, obedece tan sólo
a la amistad que unía a su padre a Lope de Vega, quien le dedicó El Domine
Lucas, y le dejó por testamento cincuenta libros de su estudio, rogándole
creyese “que quisiera que fueran otras tanta joyas de diamantes; pero piedras
preciosas son los libros”, y a haber sacado de pila, el 26 de agosto de 1617, a
Antonia Clara, la hija que el Fénix de los Ingenios hubo en doña Marta de
Nevares.
Igualmente, de no pocas escritoras consideradas como tales, las únicas
referencias que tenemos son las alabanzas que les dedicaron sus contemporáneos.
El feminismo, y aun en el sentido que actualmente tiene esta palabra, no es ni
con mucho, cosa nueva o moderna. Tiempo ha que mujeres de espíritu inquieto
intentaron laborar por el mejoramiento social de sus compañeras y la enmienda de
leyes que estimaban injustas, o vejatorias, para con su sexo. Feministas hubo,
como Sor María de Santa Isabel que a la par que proclamaba su feminismo merece
por sus versos, ser considerada como una de las mejores poetisas de su tiempo. Y
asimismo la hubo, como doña Isabel de Liaño que debe ser citada entre las que
pudiéramos llamar feministas “a secas” -ya que su producción literaria no merece
salir del olvido en que yace desde que salió a la luz.
Una dificultad con que se tropieza al estudiar nuestra literatura femenina, y
que es preciso tener muy en cuenta, es la del problema de los apócrifos y
seudónimos.
En las épocas anteriores al siglo XV sobre todo, conviene andar con mucho tiento
para no incurrir en los más crasos errores. De María Cervellón, por ejemplo
(1230-1290), cuyas Sentencias fueron publicadas cinco siglos después por Esteban
de Corbera, no falta quien considere los escritos completamente apócrifos.
Más tarde, se dio gran abundancia de “literatas ficticias”, o sea de autores que
publicaban sus obras con nombre de mujer. La más famosa de estas “fingidas” fue
Oliva Sabuco de Nantes, a quien su padre, Miguel Sabuco, “endosó”, nada menos
que la Nueva Filosofía de la naturaleza del hombre y La vera medicina. Treta
bastante hábil, que llevó a Lope de Vega a calificar a doña Oliva nada menos que
de “musa décima”. Si embargo, posteriormente don Miguel Sabuco se vio obligado a
declarar ser él el autor del libro intitulado Nueva Filosofía.
Los seudónimos femeninos plantean una cuestión no menos ardua de resolver. En el
siglo XVIII abundan extraordinariamente, y, de varios, es fuerza suponer que
encubrían firmas masculinas. Fue, éste, artificio muy gustado por aquel tiempo.
Había “La Sensible”, ”La Chinilla”, “La Observadorcilla”, ”La Principianta”, “La
Defensora de la Belleza”, “La Petimetra”, “Doña X”, “La Pastora”, etc. En su
mayoría, sus escritos quedan al margen de la literatura. Son consejos; protestas
“en defensa de las colas de las faldas”, “Cartas de una madre a su hija que va a
tomar estado”, etc.
Al menos puede abonarse en favor de estas escritoras “disimuladas”, o de estos
escritores más disimulados aún, que no eran petulantes. “La sensible Gaditana”,
por ejemplo, mandaba sus versos al Diario de Madrid (que los publicó en fecha
del 22 de junio de 1796), si bien, por su desenfado, los versos más parecen de
un que de una sensible.
A pesar de las escritoras marginales, la literatura femenina española no
desmerece junto a la de otros países, en que la mujer suele ser tenida por más
habituada al comercio intelectual que en el nuestro. Se dirá que no es posible
comparar, bajo ningún aspecto, la producción literaria femenina con la
masculina. Desde luego. Más téngase en cuenta que la censura eclesiástica se
mostraba más implacable con los escritos femeninos, e impedía la publicación de
no pocos de ellos. Y piénsese asimismo que, en las anteriores centurias, la vida
apartaba aún más que hoy a la mujer de manifestarse objetivamente. Entre las
escritoras femeninas se destaca una cumbre tan difícil de superar como Santa
Teresa de Jesús, la cual por sí sola, justifica el alto nivel alcanzado por la
literatura femenina española. No existe en ninguna mística de ninguna religión y
ningún tiempo obra tan abrasada de amor, tan “fuego vivo” como la de la doctora
de Ávila, autora del conocidísimo poema: “Vivo sin vivir en mí, / y tan alta
vida espero / que muero porque no muero...”
Francisco Arias Solis
e-mail: aarias@arrakis.es
URL: http://www.arrakis.es/~aarias
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