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Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus
discípulos le dijo: «Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos»
Él les dijo: «Cuando oréis decid: Padre, santificado sea tu nombre, venga tu
reino, danos cada día nuestro pan del mañana, perdónanos nuestras deudas, como
nosotros perdonamos a nuestros deudores, no nos dejes caer en la tentación»
Y les dijo: «Si alguno de vosotros tiene un amigo, y viene durante la medianoche
para decirle: "Amigo, préstame tres panes, pues uno de mis amigos ha venido.
Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide
recibe, quien busca halla y al que llama se le abre.
¿Qué padre entre vosotros, cuando el hijo le pide pan, le dará una piedra? .Si
vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos,
¿cuánto más vuestro Padre Celestial dará a los que se lo piden? (Lc 11,1-13).
En el tercer evangelio, San Lucas presenta hoy a Jesús recogido en oración. No
es ninguna novedad, Jesucristo oraba con frecuencia, es un acto repetido y
constante durante toda su vida. Esta constancia es la que provoca la petición de
los discípulos de "enséñanos a orar".
Sobre las parábolas del amigo que viene a medianoche y del hijo que pide pan, el
Maestro les ilumina la mente, para que aprendan la forma exacta de hacer oración
y el rezo.
La oración es el manantial del que se nutre nuestro espíritu, el alimento que
vitaliza el alma. Sin ella, la vida espiritual se agosta y languidece; con la
oración se enriquece nuestro ser. Hay que rezar con la confianza de hijos en el
Padre y volcando el corazón; eso es, decía Ghandi, lo que importa de verdad: "Es
mejor poner el corazón en la oración, sin encontrar palabras, que encontrar
palabras, sin poner en ellas el corazón". Y Bernanos exclamaba: "¡Cómo cambian
mis ideas, cuando las rezo!".
"La idea de que el hombre espera que Dios lo haga todo, predicaba Martín Luther
King, conduce inevitablemente a un mal uso, perverso, de la plegaria. Porque, si
Dios lo hace todo, entonces el hombre lo pide todo y Dios se convierte en algo
parecido a "un servidor cósmico" a quien llamamos por cualquier necesidad,
incluso las más triviales. Dios, que nos ha dado la inteligencia para pensar y
el cuerpo para trabajar, traicionaría su propio propósito, si nos permitiese
obtener por medio de la plegaria lo que podemos ganar con el trabajo y la
inteligencia.
En su marcha por el desierto, "Dios dijo a Moisés: Di a los hijos de Israel que
se pongan en marcha"(Ex 14,15). Hay que marchar, no debemos tener nunca la
sensación de que Dios, valiéndose de cualquier milagro o de un solo movimiento
de su mano, eliminará el mal del mundo. Mientras creamos esto rezaremos
oraciones que no tendrán respuesta y rogaremos a Dios que haga cosas que no
veremos realizar nunca. La creencia de que Dios lo hará todo en lugar del hombre
es tan insostenible como lo es creer que el hombre puede hacerlo todo por sí
mismo. También es una señal de falta de fe; esperar que Dios lo haga todo,
mientras nosotros no hacemos nada, no es fe, sino superstición" ("La fuerza de
amar". Ed. Aymá. Barcelona 1963).
A la petición de enseñarlos a orar, Jesús les dio la forma: el Padrenuestro. Así
que, al rezarlo, hacemos la oración que trasmitió, rezamos como Jesús,
comulgamos con sus sentimientos, pedimos lo que debemos pedir, rogamos, con toda
seguridad, en rectitud y en verdad. El Maestro dijo muchas veces que nos
dirigiéramos con toda confianza, a Nuestro Padre; pero recordemos que San
Agustín decía: "Dios llena los corazones, no los bolsillos". La oración es un
arte que debemos aprender; hay que saber orar. Y, sin duda, a orar se aprende,
orando. La oración de petición no estriba en indicarle a Dios lo que ha de
darnos, lo que debe hacer, sino en pedirle lo que Él quiera darnos, que nos diga
qué hemos de hacer nosotros, para recibir sus dones y su gracia. El Padre sabe
las necesidades (Mt 6,8).
La plegaria de petición se dice muchas veces, que es poco cristiana. Pero se
contesta en las palabras del Padrenuestro, que Jesús nos enseñó a orar
"pidiendo" cosas. Y la actitud del hombre ante Dios, en todas las experiencias
religiosas de la humanidad, es la de reconocer su limitación y pedirle que se
acuerde de él, que lo fortalezca, que le ayude, a él y a los suyos. El
cristiano, desde su fe, vive profundamente el sentido de la gratuidad de Dios;
por ello, su petición fundamental es que Dios esté siempre con él: "¡Venga tu
Reino!" O, como dice Jesús, según el evangelio de Lucas: "El Padre Celestial
dará el Espíritu Santo a quiénes se lo pidan" (Lc 11,13). La gran petición del
cristiano es la "epíclesis", la invocación del Espíritu. Nada habéis pedido en
mi nombre, pedid y recibiréis (Jn 16,24). Cosa que pidiéremos, la recibiremos (1
Jn 3,22); pedid, y se os dará; buscad y hallaréis (Mt 7,7).
Con la parábola del amigo inoportuno, Jesús exhorta a pedir; asegura que Dios es
Padre Amantísimo, que da cosas buenas, que se deja encontrar y abre a quien
llama a su puerta; da la filiación, la unión íntima con Él, la fidelidad a su
voluntad, su Espíritu Santo, como bien fundamental y definitivo que está en la
raíz de todo otro bien. Al respecto, decía, en una homilía, el cardenal
Ratzinger: el cristiano que ora, para que se cumpla la voluntad de Dios, salva
la ciudad, porque la ciudad se pierde por falta de justicia.
Esta consideración abre los ojos a la plegaria de petición por tantas cosas que
dependen de los hombres: la paz, el hambre, la justicia, la libertad, la
convivencia y el respeto... las vocaciones consagradas y el progreso de las
iniciativas apostólicas. Así, es cierto, que siempre pedimos el Espíritu Santo,
para que inspire el corazón de los hombres.
La insistencia en la plegaria, subrayada por Jesús, indica la confianza y el
esfuerzo personal que ha de acompañar a la plegaria. La petición no puede
consistir en algo intermitente e interesado; la oración de petición se enmarca
en una vida de fidelidad a Dios, toda ella empapada por el Padrenuestro. La
eficacia de la oración no es solamente el fruto de la insistencia terca, sino
resultado de la mediación de Cristo; justamente en el centro de la oración
cristiana se sitúa el papel que juega la intercesión única del Señor (Jn
16,23-26).
El Padrenuestro, es el reflejo de la oración de Jesús, y expresión de una
actitud ante Dios a imagen de la de Jesús. Es una oración "profética", que surge
hacia Dios.
Camilo Valverde
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