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“Perdiéronse las neblinas
en los picos de la sierra,
y el sol derrama en la tierra
su torrente abrasador.
Y se derriten las perlas
del argentado rocío
en las adelfas del río
y en los naranjos en flor.”
Ignacio Manuel Altamirano.
LA VOZ DE UN NOVELISTA DE PURA RAZA
Altamirano es un gran pedagogo y un novelista de pura raza. Como educador del
pueblo mexicano en momentos críticos, ha de ponerse de relieve su ecuanimidad y
su honradez insobornable. Hombre de espíritu liberal, conocedor como pocos de la
historia del país, su actuación política se distinguió siempre por lo certera y
ponderada. Con su espíritu de concordia, actuó de aglutinante entre los
escritores de las más opuestas tendencias e ideologías, lo que le permitió
convertirse en una especie de orientador de la cultura. En torno a Renacimiento,
el semanario fundado por él mismo, se agrupan literatos de varia procedencia y
se ensayan los más diversos géneros. Antiguos enemigos deponen sus rencillas y
se unen a él para dotar al país de una literatura de sello universal.
Empezó escribiendo poesía romántica (Rimas, 1871), pero la gloria máxima de
Altamirano está en la novela; y no de cualquier clase de novela, sino en la
grande, con argumento, episodios y literatura. Sus extraordinarias dotes de
novelista las puso de manifiesto en dos obras llamadas a tener una
extraordinaria difusión, a la vez que otorgaban al autor uno de los primeros
puestos de la novela hispanoamericana: Clemencia (1869) -relato incluido en
Cuentos de invierno- y El Zarco, escrita en 1888, pero publicada póstuma en
1901, que ofrece un gran dosis de realismo en torno a los amores y peleas de
Zarco, jefe de una partida de plateados, y Nicolás, el herrero sencillo y
bondadoso. En ella Altamirano elabora cuidadosamente los contrastes psicológicos
de los personajes: un Zarco que encarna la tradición y la crueldad y un indio
generoso y honrado. Un relato breve e idílico, La Navidad de las montañas
(1870), canto a la naturaleza, tiene por eje un sacerdote que encarna la
beatitud cristiana.
Ignacio Manuel Altamirano nace en Tixtla, en el Estado de Guerrero, el 12 de
diciembre de 1834. De humildísimo origen y de raza india, acogido a una ley
protectora de la enseñanza para las gentes de su condición racial, pudo ingresar
en el Instituto de Toluca, donde tuvo la fortuna de ser discípulo del famoso
Ignacio Ramírez, el “Nigromante”. Da clases particulares y escribe sus primeros
ensayos. Se traslada a México para reanudar estudios, inscribiéndose en el
Colegio de Letrán. La revolución de 1854 le obliga a suspenderlos; pero,
terminada la lucha, reingresa y se gradúa en Derecho. Aliado de Juárez, combate
en la guerra de Reforma; en 1861 es elegido diputado. Nuevamente toma las armas
para oponerse a la intervención francesa. Alcanza el grado del coronel y la
presidencia de la Suprema Corte de Justicia. Restablecida la República, tras el
efímero reinado de Maximiliano se entrega a las letras y a la enseñanza, tareas
que alterna con representaciones diplomáticas: Barcelona, París, etc. Visita
Italia. Enferma y muere en San Remo el 13 de Febrero de 1893.
Los inicios de su obra lírica, producida antes de 1867, y su propia existencia
apasionante, parecen situarle dentro del ímpetu romántico. Pero leyendo algunas
de sus composiciones poéticas como Altoyac o La salida del sol, lo encontramos
tan ligado al goce de la realidad que nos permite observar otra faceta de su
personalidad. Y como dijo nuestro poeta: “Ya brotan del sol naciente / los
primeros resplandores / dorando las altas cimas / de los encumbrados montes”.
Francisco Arias Solis
e-mail: aarias@arrakis.es
URL: http://www.arrakis.es/~aarias
WIKIPEDIA: http://es.wikipedia.org/wiki/Francisco_Arias_Sol%C3%ADs
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