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Tanto el cordial intercambio de ideas con amigos como las más agrias
discusiones con adversarios ideológicos, fortalecen, día a día, mi convicción
acerca del carácter fundamental y definitorio que tiene el modo como se conciba
la relación persona-Estado.
No es poca la confusión existente al respecto de este asunto. Por ello,
infelizmente, tropiezo con quienes, definiéndose como antimarxistas, terminan
defendiendo -sin saberlo- posiciones muy emparentadas con el neomarxismo que
tantos frutos amargos viene produciendo en nuestros días.
Importa, entonces, intentar esclarecer y refutar yerros. Para ello, resultan
útiles diversos textos que, abordando con precisión el tema de fondo, vengo
comentando con ustedes.
Desde Buenos Aires, gracias a la gentileza de María Alejandra Moyano, recibí el
texto de una conferencia dictada por Carlos Sánchez Sañudo a propósito de un
trabajo que Juan Bautista Alberdi presentó en la Facultad de Derecho de la
Universidad de Buenos Aires, en 1880, bajo un muy elocuente título: "La
omnipotencia del Estado es la negación de la libertad individual".
En su doctrina y en su mensaje, Alberdi parece haberse adelantado cien años al
estudio realizado por el Premio Nobel Friedrick Hayek en sus "Fundamentos de la
Libertad" y en su posterior libro "Derecho, Legislación y Libertad", de
indiscutible actualidad.
En la que fue su primera obra doctrinaria, el "Fragmento Preliminar al Estudio
del Derecho", Alberdi expresa, con firmeza y claridad:
"El pueblo no es soberano de mi libertad, ni de mi inteligencia, ni de mis
bienes, ni de mi persona, que tengo de la mano de Dios, sino por el contrario,
no tiene soberanía sino para impedir que se me prive de mi libertad, de mis
bienes, de mi persona. De modo que, cuando el pueblo o sus representantes, en
vez de cumplir con ese deber, son los primeros en violarlos, no son criminales
únicamente sino también perjuros y traidores".
Esta es la idea de la libertad que Alberdi desarrolla, casi como un himno a la
libertad individual y al orden social que ella implica.
EL ANÁLISIS DE LA PATOLOGÍA POLÍTICA
Nos dice Sanchez Sañudo, al comentar la obra de Alberdi: "Comienza Alberdi su
discurso destacando que una de "las más profundas raíces de nuestras tiranías en
Sudamérica es la noción grecorromana del Estado y de la Patria, que debemos a la
educación semiclásica que nuestras universidades han copiado a Francia".
En este estudio sobre la evolución de la libertad a lo largo de los tiempos,
comenzó diferenciando los dos períodos de las sociedades griegas. "En la ciudad
antigua –decía- el sentimiento personal formaba parte de la religión. Se amaba a
la patria porque se amaba a sus dioses protectores, las leyes eran fórmulas
sagradas. Cada comuna tenía, no solo independencia, sino también su culto y su
código. Para los antiguos, Dios no estaba en todas partes. Los dioses de cada
hombre eran aquellos que habitaban su casa, su comuna, su cantón. Por el
contrario, el desterrado, al dejar su patria tras sí, dejaba también sus dioses
y su propiedad, no teniendo culto, no tenía ya familia: dejaba de ser marido y
padre. Por ello el destierro de su ciudad no parecía un suplicio más tolerable
que la muerte. Los jurisconsultos romanos le llamaban pena capital. La religión,
el derecho, el gobierno dependían del municipio. La ciudad era la única fuerza
viva, nada más arriba de ella, nada más abajo, es decir: ni unidad nacional, ni
libertad individual. El Estado así entendido era y tenía que ser la negación de
la libertad individual, en que cifran la libertad de todas las sociedades
modernas que son realmente libres".
"Pero cuando la casta sacerdotal perdió su dominación, se emancipó el individuo;
no se pretendió ya que la persona fuera sacrificada al Estado".
"Se acabó el espíritu comunal. No se amó ya a la Patria por su religión y sus
dioses; se la amó por sus leyes –dice Alberdi-, por sus instituciones, por los
derechos y la seguridad que ella acordaba a sus miembros. Ya no se amó a la
patria sino en tanto se amaba al régimen institucional que prevalecía en ella a
la sazón. El patriotismo municipal pereció en las almas. Entonces, se comenzó a
emigrar más voluntariamente; se temió menos al destierro. Es el Siglo de
Pericles".
"Comenzaba a sentirse la necesidad de salir del sistema comunal para llegar a
otra forma de gobierno por encima de las ciudades para que velase por el
mantenimiento del orden y obligase a aquellas a abandonar sus turbulencias y a
vivir en paz". "Esta disposición integradora de los espíritus constituyó la
fortuna de Roma y lo que la puso a la cabeza del mundo. Tuvo su apogeo en la
República, tanto griega como romana, declinando con la degeneración de éstas,
cuando se retornó al absolutismo del Imperio Romano".
LA GRAN REVOLUCIÓN DEL CRISTIANISMO
"Pero la gran revolución que trajo el Cristianismo en la noción del hombre, de
Dios, de la familia, de la sociedad toda entera, cambió radical y diametralmente
las bases del sistema greco-romano".
"El Cristianismo no era la religión de una familia, de una ciudad ni de ninguna
raza. No pertenecía ni a una casta ni a una corporación. Desde su comienzo
llamaba a la humanidad toda entera. Jesucristo decía a sus discípulos: "Id a
instruir a todos los pueblos". Para este Dios que era único y universal no había
extranjeros; no fue un deber para el ciudadano detestar al extranjero. El
Cristianismo es la primera religión que no ha pretendido que el derecho
dependiese de ella".
"Haciendo de cada hombre el hermano de otro hombre a quien debe respeto y amor
de hermano, el Cristianismo ha creado la igualdad, es decir, la libertad de
todos por igual", agrega Alberdi.
"Sin embargo, el renacimiento de la civilización antigua entre las ruinas del
Imperio Romano y la formación de los estados modernos, conservaron o revivieron
los cimientos de la civilización pasada y muerta, no ya en el interés de los
estados mismos, todavía informes, sino en la de los gobernantes, en quienes se
personificaba la majestad, la autoridad y la omnipotencia del estado".
"De ahí el despotismo de los reyes absolutos surgidos de la feudalidad de la
Europa regenerada por el Cristianismo. El estado continuó siendo omnipotente
respecto de cada persona, pero personificado en su soberano, en sus monarcas, no
en sus pueblos".
"La omnipotencia de los reyes tomó el lugar de la omnipotencia del Estado.
Quienes no dijeron "El Estado soy yo", lo pensaron y creyeron, como aquel que lo
dijo" destaca Alberdi.
"Luego, sublevados contra los reyes, los pueblos los reemplazaron en el
ejercicio del poder; la soberanía del pueblo tomó el lugar de la soberanía de
los monarcas, aunque teóricamente".
Pero lo importante es lo que veremos ahora, la división que, a partir de este
introito greco-romano, compara Alberdi, hace de la patología política
contemporánea, que explica la de nuestros días y también nuestras crisis
progresivas e ininterrumpidas.
LA PATOLOGÍA POLÍTICA CONTEMPORÁNEA
"El Estado es libre –dice Alberdi- en cuanto no depende del extranjero, pero el
individuo carece de libertad en cuanto depende del Estado de un modo omnímodo y
absoluto. El Estado es libre en cuanto absorbe y monopoliza las libertades de
todos sus individuos, pero sus individuos no lo son, porque el gobierno les
tiene todas sus libertades". Vemos que éste es el mismo pensamiento que Alberdi
tenía a los 27 años.
"Tal es –continúa- el régimen social que ha producido la Revolución Francesa y
tal la sociedad política que en la América grecorromana de raza ha producido el
ejemplo y repetición de tal revolución, que dura hasta el presente".
Más aún: "El Contrato Social de Rousseau –agregaba- convertido en catecismo de
nuestra revolución por el Dr. Moreno, ha gobernado a nuestra sociedad, en la que
el ciudadano ha seguido siendo una pertenencia del Estado o de la Patria,
encarnada y personificada en sus gobiernos, como representantes naturales de la
majestad del Estado omnipotente, llamado libre sólo porque dejó de emanar del
extranjero".
Aquí comienza Alberdi a desarrollar la diferencia de concepto entre libertad
exterior y libertad interior, entre independencia nacional exterior y libertad
ciudadana interior. Para ello la libertad francesa, que acabamos de ver, con la
libertad anglosajona. Las revoluciones cambiaron el gobierno, pero no lo
limitaron.
Por el contrario, el Iluminismo Británico –como lo llama Hayek- debido
principalmente a los filósofos escoceses David Hume, John Locke, Adam Ferguson y
Adam Smith, concebían, no el racionalismo constructivista francés, sino el
evolutivo, esto es la teoría de la evolución, según la cual los pueblos se
encuentran con instituciones que, si bien son el resultado de la acción entre
los hombres, no lo son del designio humano (no es deliberado, no es
planificado). Así son la mayoría de las instituciones humanas, como el idioma de
cada país, el derecho, la moral, la moneda: son el resultado de la acción del
hombre a través de años de evolución, lo cual, mediante el sistema de la prueba
y el error, va incorporando todo aquello que es útil a la pacífica convivencia
humana, que constituye el objetivo de todas las ciencias sociales. Este es el
racionalismo evolutivo. Esta nueva concepción tuvo por finalidad impedir la
arbitrariedad del poder, para lo cual debían ser respetados y garantizados los
derechos individuales de todos sin excepción. No se habló de "voluntad
mayoritaria" sino de "derechos y garantías para todos y cada uno".
Vemos que la diferenciación de Hayek coincide con la de Alberdi. La concepción
francesa habla de "voluntad general" (o de sus representantes), que nada tiene
que ver con la justicia y a menudo sí con el autoritarismo y la arbitrariedad
que hemos padecido y padecemos. Por el contrario, la garantía alberdiana de los
derechos individuales crea el ámbito de la seguridad jurídica, de la confianza
económica y, finalmente, de la estabilidad política e institucional, que muchos
buscan por caminos equivocados. Son, pues, dos concepciones antagónicas e
irreconciliables que dan origen a dos conceptos de la libertad, dos de la ley,
dos de los derechos, del Estado, de la democracia social, incompatibles entre
sí. En un caso la sociedad es manejada desde el poder, en el otro es organizada
desde abajo, desde el ciudadano y sus derechos personales (La sociedad
contractual y la economía de mercado libre).
Cien años después, ha dicho Hayek, refiriéndose a la moderna democracia
ilimitada: "Son sus ilimitados poderes los que impiden al gobierno a negarse a
otorgar privilegios arbitrarios, resultando así el poder omnímodo pero
paradójicamente también débil y corrupto, juguete de los grupos de presión y de
intereses, a quienes debe cortejar para obtener y conservar su favor". "Es
evidente –sigue Hayek- que la única forma de limitar el poder de los grupos, es
limitar el poder del gobierno en hacer tales concesiones privilegiadas,
preservando así al gobierno democrático de la extorsión que hoy padece".
Es esa la función de los "derechos y garantías" como límite a los tres poderes,
que propician Hayek y Alberdi, que poco tiene que ver con las "concertaciones",
los llamados "consensos" o "políticas de Estado", que se propician como
sustitutos de la Constitución Nacional.
Decía Alberdi en el "Sistema Económico y Rentístico":
"La Constitución antes de crear los poderes públicos, trazó en su Primera Parte
los Principios (derechos individuales) que debían servir de límite a esos
poderes; primero construyó la medida y luego el poder. En ello tuvo por objeto
limitar no a uno sino a los tres poderes, y de ese modo el poder legislador
quedó tan limitado como el del Ejecutivo mismo".
Eso es lo que ordena la Constitución, ignorada por concepciones antijurídicas e
inmorales que afloran en forma de reiteradas crisis económicas. Son Rousseau y
Comte los que han sustituido erróneamente a Locke y al reinado de la ley
natural.
ALBERDI ANALIZÓ LA PATOLOGÍA Y DIO LA SOLUCIÓN
"América, no reside en el déspota y en el tirano, sino en la máquina o
construcción mecánica del Estado, por la cual todo el poder de sus individuos,
refundido y condensado, cede en provecho de su gobierno y queda en manos de su
institución". "El déspota y el tirano son el efecto y el resultado, no la causa,
de la omnipotencia de los medios y fuerzas económicas del país puestas en poder
de su gobierno y del círculo personal que personifican al estado, por la
maquinaria del Estado mismo". "Resulta así sumergida y ahogada la libertad de
los individuos en ese caudal de poder público ilimitado y omnipotente".
Puede llamar la atención del lector que Alberdi ponga como causa principal la
omnipotencia de las fuerzas económicas estatales. No es ello porque diera más
importancia a la economía que al derecho, sino que, como era un gran jurista y
mejor economista, advirtió que el derecho y la economía son correlativos e
interdependientes, por lo que toda aberración económica estatal significa una
vulneración del orden jurídico. Percibió, como pocos, que si al poder político
se le agrega el económico, se desemboca en el poder omnímodo, que vulnera todos
los derechos, todas las libertades y al propio "Estado de Derecho", de lo que
hemos sido y somos testigos.
EVOLUCIÓN DE LA PATOLOGÍA POLÍTICA: LA GRAN ESTAFA
Sintéticamente y de plena actualidad, Alberdi expresa:
"Tener derechos políticos –señala- votar, nombrar o elegir magistrados, poder
ser uno de ellos, es todo lo que se llama libertad, pero el hombre no continuaba
menos avasallado al Estado que antes lo estaba".
Y este pensamiento coincide con el de Hayek, cuando afirma: "La democracia no es
la libertad ni la garantiza, es solo un intento de alcanzarla" y el problema
–agregamos- es preservarla; como señala Julián Marías: "La democracia que no
preserva la libertad, profana su nombre, se prostituye y anula. La libertad, en
cambio, genera democracia, hace que la vida se desarrolle democráticamente".
"Se puede decir con verdad –sigue Alberdi- que la sociedad de nuestros días debe
al individualismo así entendido, los progresos de su civilización. En este
sentido, no es temerario establecer que el mundo civilizado y libre, es la obra
del afán del progreso individual, cristianamente entendido. Ama a Dios sobre
todo, enseñó Él, y a tu prójimo como a ti mismo, santificando de este modo el
amor de sí a la par del amor al prójimo".
Y a continuación expresa, con actualidad abrumadora:
"La iniciativa privada ha desmontado, desaguado, fertilizado nuestras campañas y
edificado nuestras ciudades; ella ha descubierto y explotado minas, trazado
rutas, abierto canales, construido caminos de hierro con sus trabajos de arte;
ella ha inventado y llevado a su perfección el arado, el oficio de tejer, la
máquina de vapor, la prensa, innumerables máquinas; ha construido nuestros
bajeles, nuestras inmensas manufacturas, los recipientes de nuestros puertos;
ella ha formado los bancos, las compañías de seguros, los periódicos, ha
cubierto la mar de una red de líneas de vapor, y la tierra de una red eléctrica.
La iniciativa privada ha conducido la agricultura, la industria y el comercio a
la prosperidad presente y actualmente la impele en la misma vía con rapidez
creciente. ¿Por eso desconfiáis de la iniciativa privada?".
¿Qué diría hoy si contemplara el estatismo e intervencionismo que nos ha
empobrecido, desunido y confundido?
"Porque, además, para esto último, el Estado absorbe toda actividad de los
individuos, esto es, el gobierno engancha en las filas de sus empleados a los
individuos que serían más capaces entregados a si mismos. En todo interviene el
Estado y todo se hace por su iniciativa en la gestión de sus intereses públicos.
El Estado se hace fabricante, constructor, empresario, banquero, comerciante,
editor y se distrae así de su mandato esencial y único, que es proteger a los
individuos de que se compone, contra toda agresión interna y externa impartiendo
justicia. En todas las funciones que no son de la esencia del Gobierno, obra
como un ignorante y como concurrente dañino de los particulares, empeorando el
servicio lejos de mejorarlo".
Recuerda este pensamiento lo que decía en el "Sistema Económico y Rentístico" 25
años antes:
"El Estado no ha sido hecho para hacer ganancias, sino para hacer justicia, no
ha sido hecho para hacerse rico, sino centinela y guardián de los derechos del
hombre".
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