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“... hoy distantes me llevan, y en verso remordido,
a decirte, ¡oh Pintura!, mi amor interrumpido.”
Rafael Alberti.
Vicente López es uno de nuestros grandes retratistas del siglo XIX, que a sus
méritos como pintor suma el habernos dejado una valiosísima galería, creo que
extremadamente fidedigna, de muchos de los principales personajes que se mueven
en el escenario de la Corte durante la primera mitad del diecinueve.
En los últimos años del siglo XVIII, cuando Vicente López aparece por vez
primera en el ámbito cortesano -centro de la actividad artística casi
exclusivamente, si exceptuamos algunos focos locales como el valenciano, de
donde procede- y como alumno de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando
la pintura española acaba de recobrar el pulso que corresponde a su tradición
bajo el reinado anterior, el del Carlos III, y tras casi más de medio siglo de
triste letargo.
Figuras como Bayeu, Maella, Paret y Alcázar, Meléndez y, sobre todo, Francisco
de Goya, vienen a devolver el esplendor de una de las escuelas de mayor
proyección en el arte europeo junto a la italiana, la flamenca y la holandesa,
en lo que a pintura se refiere. Precisamente Mariano Salvador Maella, valenciano
como López, y Primer Pintor de Cámara junto con Goya desde 1799, dejaría tras la
guerra de la Independencia y el regreso de Fernando VII, el tan ansiado cargo a
su paisano. Este se convertiría durante décadas no sólo en el retratista oficial
del panorama cortesano, sino en el de la nobleza de nuevo cuño y de la
incipiente burguesía cortesana.
Por otro lado, las corrientes internacionales han alentado la definición
estética y técnica de un neoclasicismo pictórico que de acuerdo a nuestra
tradición naturalista y a la falta de elementos capaces -ni Goya ni Vicente
López aparecen apenas motivado por este movimiento-, junto a la falta de una
clientela adecuada, sucumbirá víctima de su misma artificiosidad. Será inmolado
en aras de un romanticismo que sí, en cambio -y desde sus particulares maneras
de sentir y expresar- se dejará adivinar en Goya y palpitar en muchos de los
retratos de López, sobre todo en los pertenecientes a su último y largo período.
Vicente López Portaña nace en Valencia el 19 de septiembre de 1772. Las
excelentes aptitudes para el dibujo que se observaron en el pintor valenciano
desde la niñez, bajo la dirección de su abuelo, un modesto pintor, animaron a
sus familiares para que ingresase en la Academia de San Carlos de Valencia, lo
que hace en 1785, recibiendo las enseñanzas del franciscano padre Antonio
Villanueva. Cuatro años más tarde obtiene el primer premio de la sección de
pintura por su lienzo Tobías el Joven restablece la vista de su padre, y en esa
misma fecha consigue igualmente el premio de primera clase por sus asuntos
bíblicos: El rey Ezequiel hace ostentación de sus riquezas y Visita Nicodemus al
Señor la noche de la Pasión y le reconoce por Dios.
Recibe por ello la cantidad de cuarenta pesos y una pensión para ampliar
estudios en la Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid. En 1790
obtiene el primer premio de la Academia con el cuadro Los Reyes Católicos
recibiendo una embajada de Fez.
A su vuelta a Valencia, es elegido académico de mérito de San Carlos y teniente
director de la sección de pintura. Casa entonces con María Piquer, de la que
tendrá dos hijos, que también serán pintores, Bernardo y Luis. En 1814 muere su
esposa y Fernando VII lo hace llamar a la Corte, a donde se traslada en calidad
de pintor de Cámara, siendo al poco tiempo designado Primer Pintor. Toda una
vida de triunfos, distinciones y envidiable situación económica, será la larga
trayectoria de su dilatada existencia en Madrid hasta su muerte, ocurrida el 22
de abril de 1850.
Es en el retrato, sin duda, donde Vicente López alcanzará su más altas cimas. La
producción retratística de Vicente López puede cifrarse en un número no inferior
a los trescientos ejemplares. Entre las obras de su primera etapa destacan, los
retratos de Carlos IV, de fray Tomás Gascó, del Conde de Llarena y Pareja
Obregón, del grabador Manuel Monfort. En su segunda etapa del pintor-retratista,
ya como artífice de la Real Cámara y residente en la Corte, realiza numerosa
versiones de Fernando VII, de sus tres esposas y de diferentes personajes
reales. También de héroes de la guerra de la Independencia, eclesiásticos y,
sobre todo, dos obras claves en su proceso creativo, los retratos de Goya y de
la señora de Carsi.
La historia de la pintura está repleta de ejemplos donde la vejez da al artista
una capacidad creadora muy superior a la que puede mantener en otras
actividades. Goya, Picasso, Miró, Chagall, son nombres que avalan esta
afirmación. Lo mismo ocurre con Vicente López, quien en la última etapa de su
vida continúa la línea de esplendorosa madurez a pesar de sus muchos años. En
1846 pinta a la condesa viuda de Calderón, mujer que inspiró una novela del
escritor mexicano Ignacio Manuel Altamirano; en 1847, entre otros, realiza los
del matrimonio Braco. Al final de su vida, como testimonio de su quehacer
artístico, nos ofrece obras de tanta calidad como los retratos de José Piquer,
de José Gutiérrez de los Ríos y, sobre todo, el de Ramón María de Narváez, duque
de Valencia.
En resumen, puede afirmarse que Vicente López habría de quedar con su espléndida
galería de personajes como el pintor preferido por tres generaciones, en las que
se mostraba el primer gran cambio experimentado por la sociedad española en la
etapa contemporánea.
Entre sus obras de temas religiosos destacan, Nuestra Señora de la Misericordia,
El nacimiento de San Vicente Ferrer, El milagro de San Pedro y el tullido y sus
Inmaculadas. Conviene señalar a este respecto que pocos artistas de su momento
han sabido captar mejor la devoción popular y ser entendido por el modesto
feligrés, como Vicente López, consiguiendo plenamente ese difícil equilibrio
entre la exigencia del artista y la concesión permitida que supone el secreto de
una iconografía que llegue a esa clientela popular y, al mismo tiempo, mantenga
intacta su excelente factura, colocando al pintor en un puesto especial, como es
el de ser el último gran artífice de la pintura religiosa española.
Francisco Arias Solis
e-mail: aarias@arrakis.es
URL: http://www.arrakis.es/~aarias
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