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“Un cálido soplo de titán arremolinó el polvo
y las hojas, y, en seguida, se oyó un trueno formidable,
y como si el estallido hubiese reventado a la nube,
vaciáronse sus entrañas con inaudita furia.”
José López Pinillos.
A lo largo de su ejecutoria periodística, Parmeno (seudónimo celestinesco que
empezó a usar hacia 1907 López Pinillos) logró una popularidad extraordinaria.
Una buena parte de la producción de Parmeno se produjo en forma de crónicas
periodísticas. Dejando al margen su obra teatral (en la que contribuyó
decisivamente al apuntalamiento de un género: el drama rural), las peculiares
limitaciones y las mejores virtudes de López Pinillos se identificaron con la
creación de novelas cortas. Su narrativa fue un antecedente de la novela social
y asimismo del tremendismo.
El escritor sevillano bordeó frecuentemente la perfección en el género de la
novela breve. Su peculiar sensibilidad para la creación de ambientes opresivos y
broncos contribuyó decisivamente a la coherencia de los relatos: lo que en
algunas novelas de Galdós y la Pardo Bazán empieza a apuntarse -el compacto
chafarrinón de la España negra, asociada sistemáticamente al mundo rural-, se
perfecciona en López Pinillos, en Eugenio Noel, en Felipe Trigo, en Silverio
Lanza, redondeado en nuestro caso por un insólito sentido de lo grotesco y
caricatural. El ladronzuelo (1901), Frente al mar (1914) y Cintas Rojas (1916)
son consumados ejemplos de cómo una “imagen-relato” vertebra, sin fisuras, una
acción que funde ambiente y símbolos personalizados en una trama perfectamente
trágica.
De sus tres novelas largas Las águilas (1911), Doña Mesalina (1910), y El
luchador (1916), la segunda es la mejor. Doña Mesalina representa en nuestra
literatura -juntamente con Jarrapellejos de Felipe Trigo- la culminación de las
novelas de tema caciquil. Novela sobre la condición social de la mujer de clase
media, enlaza con los intentos de novela social de los años treinta y, por su
peculiar mundo de tragedia y brutalidad, coincide -en ciertos aspectos- con el
Valle-Inclán de los esperpentos, dentro del marco de una compleja visión de la
España negra. En El luchador, su última novela, describe el ambiente corrompido
del periodismo y la bohemia literaria en el Madrid de las primeras décadas del
siglo XX.
José López Pinillos nació en Sevilla el 2 de junio de 1875. Las escuetas notas
biográficas accesibles hablan de que su infancia transcurrió en Osuna, pero
volvió a Sevilla para cursar el bachillerato y estudios de derecho y de que la
ruina familiar le obligó, a los veinticinco años, a buscar trabajo en Madrid: un
periódico donde escribir y un empresario teatral que quisiera estrenar El
vencedor de sí mismo (1900), primer drama de una interesante carrera escénica.
Parece que fue dura la consecución de ambos proyectos.
Cuando en 1902, El Globo, que había sido órgano del “posibilismo” castelaniano,
es adquirido por Rius y Periquet, López Pinillos entra en su primera redacción
memorable, pues con él están Pío y Ricardo Baroja, Martínez Ruiz, Luis de Oteyza
y otros conocidos bohemios de cuerda política radical. La crisis económica de El
Globo no tardó en llevar a su redacción -y a su famosa tertulia- a las páginas
de España, diario fundado por un grupo vinculado a Maura y dirigido por Manuel
Troyano quien incorporó a la nómina transcrita la colaboración de Ramiro de
Maeztu, Francisco Grandmontagne y Luis Bello.
Pero España fue también una experiencia breve, y de ella López Pinillos pasó a
los dos grandes periódicos independientes -aunque prerepublicanos- del momento,
El Liberal y Heraldo de Madrid, y en ellos escribió hasta su muerte ocurrida en
Madrid, el 12 de mayo de 1922, dejando inacabada su obra teatral La nariz, que
fue concluida por los hermanos Quintero con el título de Los malcasados.
Entre los títulos más relevantes de sus novelas se encuentran, además de las
citadas, Sangre de Cristo (1907), Ojo por ojo (1915) . Su producción dramática
con títulos como La casta (1912), El pantano (1913), Esclavitud (1918), La red
(1919) y La tierra (1921), le hizo figurar entre los mejores y más conocidos
dramaturgos de su momento.
Pérez de Ayala, el más cualificado valedor del realismo crítico en aquellas
fechas, ha dejado sobre Doña Mesalina algunas pertinentes y significativas
apreciaciones: “Doña Mesalina es una obra que, dentro de su género, anda muy
cerca de la perfección (...). Doña Mesalina es una novela verista. Y con esto
dicho está que su estirpe es castellana y que en su abolengo suenan los nombres
de Rojas, Cervantes, Mateo Alemán, Mendoza, Liñán y Verdugo, Salas Barbadillo,
Gracián, Somoza y otros tantos.” Por su parte, Azorín no fue menos parco en
elogios ni en buscar filiaciones clásicas a Parmeno: “La novela de López
Pinillos hace pensar desde las primeras páginas en la novela netamente picaresca
española (...). El libro de López Pinillos -y en esto estriba todo su valor,
toda su significación literaria- marca una evolución en la novela picaresca. Al
fondo castizo, nacional, de la antigua novela, López Pinillos une la observación
más justa, más exacta, más objetiva de la realidad”.
Francisco Arias Solis
e-mail: aarias@arrakis.es
URL: http://www.arrakis.es/~aarias
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