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“Los pasos por do voy a mi alegría
tan desusados son y tan extraños
que al fin van a acabar en mis engaños,
y dellos vuelvo a comenzar la vía.”
Fernando de Herrera.
El eje de la lírica herreriana es doble: en el aspecto temático nacionaliza los
poemas patrióticos y religiosos, mientras sigue las huellas petrarquistas y
pastoriles en los amorosos; en lo formal Herrera busca la estética de la belleza
y para ello emplea varios recursos: supresión de vocablos vulgares, uso
creciente de cultismos, metáforas osadas, adjetivaciones cromáticas y sonoras,
modalidades sintácticas desconocidas hasta entonces, hipérbatos, etc. Si en
Garcilaso se insinúa la senda culta, es Herrera quien primero marcha por ella
sin reparos.
Fernando de Herrera nace en Sevilla hacia 1534. Pese a ser hijo de familia
humilde, recibe una buena formación humanística. Se ordena de menores y es
beneficiado de la parroquia de San Andrés, con cuyos “frutos se sustentó toda su
vida, sin apetecer mayor renta”. A partir de 1559 se relaciona con los condes de
Gelves, visitándolos cada vez más asiduamente en la quinta que éstos tenían
junto al doble cerro del Balcón y el Pintado, en la vega del Guadalquivir.
Dedicó a la condesa Leonor toda su poesía amorosa, de sufrimiento exquisito. Por
el año 1569 -el poeta tenía sólo 35- sus admiradores le distinguen con el título
de “Divino”. Hacia 1581 mueren, casi al mismo tiempo, sus protectores los condes
don Alvaro y doña Leonor, tal vez de la peste; en 1597, a los 63 años fallece
Fernando de Herrera.
A su muerte, Herrera había publicado unos pocos poemas, pese a lo cual se le
conocía por el Divino; de su puño y letra preparó un manuscrito que fue robado a
poco. El pintor Pacheco recogió originales y copias y editó en 1619 los Versos
de Fernando de Herrera, con 365 composiciones a las que se han añadido
posteriormente algo más de medio centenar. Constituyen una parte importante de
su obra las poesías amorosas constituidas principalmente por sonetos, pero su
gloria está fundamentada en sus canciones, y entre ellas las siguientes:
Relación de la guerra de Chipre (1572), sobre la batalla de Lepanto, A la muerte
del rey don Sebastián de Portugal (1578), San Fernando y Canción a Don Juan de
Austria, con motivo de la rebelión de las Alpujarras. Escribió una de las obras
más polémica del siglo XVI: Anotaciones a Garcilaso de la Vega (Sevilla, 1580),
en las que refleja su concepción del arte poético.
Temperamento poco dotado para la ternura, algunos se extrañaban de que le
llamaran el Divino, no llegando a ser “humano”. Imposible encontrar en sus obras
rasgos entrañables de amor por el humilde, el ignorante o el marginado. Altivo
frente a los vulgares. Le duele haber nacido “en tiempo de necios”. Estas notas
de carácter, que entonces como ahora hacían de Herrera un hombre más admirado
que querido, nos impiden que en su contradictoria personalidad aparezcan rasgos
muy positivos. Había en su alma un gran sentido de la amistad, y hasta del
afecto. No desprecia el éxito multitudinario, sino que renuncia a él. No ignora
al vulgo, ni a los discrepantes; más bien desconfía de ellos y los teme.
Es un hombre del Renacimiento que ha llevado a sus últimas consecuencias el
individualismo de la época. De ahí su ansia de información personal. De su ansia
de autorrealización personal saca la tenacidad que necesita para llevar adelante
sus trabajos de humanista y de poeta.
Más que un simple petrarquista al uso, nuestro poeta parece aspirar a ser “el
petrarquista andaluz”. Es sin duda, uno de los representantes más ilustres de la
corriente europea que en la segunda mitad del siglo XV y en todo el siglo XVI
intenta educarse en petrarquismo.
En su afán para alcanzar la talla de los humanistas italianos de más prestigio,
Herrera dedica horas y horas a la lectura de poetas clásicos y modernos. Ningún
esfuerzo le parece excesivo para pertrecharse de saberes -poéticos, históricos,
de filosofía natural- que le llevan a la gran salvación, entendida como una gran
conquista.
Poeta de elevada entonación, comenzó cantando las hazañas de la España imperial,
pero su enamoramiento de la Condesa Gelves le llevó a convertirse en poeta
lírico. El petrarquista Herrera no dedica a su protectora una pasión, sino unos
versos apasionados, poesía amorosa de la mejor estirpe literaria, nacida de un
corazón que la amaba, sí, pero con respetuosa afección de súbdito y amigo.
La poesía de Herrera trasluce una lectura agónica entre las aspiraciones ideales
y soñadas y la patética realidad. Por ello, aunque tenga momentos de expresión
gozosa, está transida de una permanente actitud de frustrada ilusión y desengaño
amargo. En todo caso se inscribe en el ámbito superior del ejercicio intelectual
que dio en Herrera otros frutos, como sus obras históricas y la magistral teoría
poética contenida en las Anotaciones a Garcilaso.
Herrera como un ave fénix renace de su propia desesperanza. “Descubro en el
principio otra esperanza / si no mayor, igual a la pasada, / y en el mesmo deseo
perverso”.
Francisco Arias Solis
e-mail: aarias@arrakis.es
URL: http://www.arrakis.es/~aarias
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