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“Aquí, en breve tierra, yace
(si es tierra quien alma fue)
un rey en quien no se ve
lo que la tierra deshace.
Fue tan alto su vivir,
que sola el alma vivía,
pues aun cuerpo no tenía
cuando acabó de morir.”
Epitafio de Filipo II, el Prudente. Lope de Vega.
LA VOZ DEL REY PRUDENTE
La figura privada y política de Felipe II ha suscitado una larga controversia,
en la que apreciaciones más o menos objetivas se mezclan a una malévola leyenda,
que no se detuvo ante la calumnia. Visto en perspectiva, el aspecto más
impresionante de su reinado es la inmensa carga depositada en los hombros del
gobernante con la monarquía más grande que el mundo haya visto nunca, “más de
veinte veces mayor que lo fue el imperio romano”, según un escritor de los años
1580, tenía no sólo que tomar decisiones que, a veces resultaban ser equivocadas
sino que también tenía que cargar con la responsabilidad de ellas. Creía que una
represión rápida de la rebelión en los Países Bajos bajo el mando del duque de
Alba sería lo más efectivo; quedó probado que fue un error, y provocó una guerra
que había de durar 80 años. Creía que la libertad de acción para los
colonizadores españoles en América evitaría una rebelión como la de Pizarro,
pero esa libertad de acción también costó la vida de decenas de miles de indios,
como Las Casas afirmó. Creía que una invasión de Inglaterra en 1588 traería la
paz; y trajo más guerra, y provocó rebeliones entre los contribuyentes de
Castilla.
Felipe II nació en Valladolid el 21 de mayo de 1527, primogénito de Carlos I y
de Isabel de Portugal. La preparación para el gobierno la debió en gran medida a
las enseñanzas de su padre y a la práctica de los asuntos políticos. Regente de
España desde 1543, cuando tenía sólo dieciséis años, Felipe se convirtió en el
gobernante más experimentado de su época. Viajó y abrió su mente al
Renacimiento, al arte, a la caballería, vivió entre protestantes en Inglaterra y
Alemania y coexistió con ellos. Gran parte de nuestro fracaso para entender a
Felipe II viene de estos años de los que ningún historiador hasta ahora ha
tratado. El joven caballero de Bruselas, de Munich, de Westminster, el amigo de
Guillermo de Orange y de Mauricio de Nassau, cazando en los bosques del
Palatinado y de Milán, discutiendo de arte con Tiziano en Augsburgo y de
teología con los obispos de Trento, éste es el joven Felipe que no aparece en
ninguno de los estudios clásicos y el que nos ofrece un mayor conocimiento de su
propia persona.
Este carácter europeo de Felipe viene confirmado por el hecho de que fue el
monarca más viajero de sus tiempos. Su único solaz, después de la religión, fue
su familia. Se casó cuatro veces. Primero con la infanta portuguesa María
Manuela. De este matrimonio nace el príncipe Don Carlos. Después de nueve años
de viudedad, se casa con María Tudor, reina de Inglaterra. La tercera esposa es
Isabel de Valois. Pero su gran amor fue su última esposa que era veinte años más
joven que él y era su sobrina, Ana de Austria, de cabellos de oro y ojos azules.
El 14 de abril de 1578 Ana da al rey su ansiado heredero que sería Felipe III.
A una cierta irresolución responde el calificativo de Rey Prudente, con que se
le conoce. En el aspecto interno, organiza un enorme imperio sobre los
principios básicos que su padre había establecido. Se trataba de un mosaico de
Estados y territorios heterogéneos: reinos de España, plazas del Norte de
África, islas Canarias, territorios italianos, países de la casa de Borgoña,
América y Filipinas.
Fue muy partidario del Santo Oficio. Es suficiente citar su afirmación en 1569
al Papa: “Yo no puedo ni debo dejar de favorecer a la Inquisición, como lo haré
siempre, todo el tiempo de mi vida”. Sin embargo, murió menos gente en la España
de Felipe II por persecución religiosa que en cualquier otro de los principales
países occidentales de la misma época.
En cuanto la política exterior, aunque no dispone de título de emperador, sigue
las directrices políticas de su padre: la búsqueda de la unidad cristiana y el
apoyo de los intereses de la Iglesia. La política de Felipe II es siempre
conservadora, defensiva. Cuantas veces interviene es forzado por las
circunstancias. Dogma esencial de Felipe II era la conservación de su vasto
imperio y el mantenimiento del orden interno.
El espíritu de Felipe II se simboliza en el monasterio de El Escorial, que mandó
construir. Desde él y desde Madrid (a donde traslada la Corte en 1561) gobierna
España, con una idea centralizadora. Desde 1580 es también rey de Portugal.
A pesar de unos errores críticos, como el rechazo de la colaboración del Greco
en el Escorial, Felipe II fue un protector de las arte y se interesó
especialmente por las aportaciones del Renacimiento italiano.
Murió Felipe II en El Escorial el 13 de septiembre de 1598, tras una prolongada,
dolorosa y torturante agonía. Día y noche, varios sacerdotes oraban en su
aposento en el que había mandado a colocar numerosas reliquias de santos.
Finalmente expiró, besando el crucifijo que su padre sostuvo al morir. Y como
dijo Góngora: “Religiosa grandeza del Monarca / cuya diestra real al Nuevo Mundo
/ abrevia, y el Oriente se le humilla. / Perdone el tiempo, lisonjee la Parca /
la beldad desta Octava Maravilla, / los años de este Salomón Segundo”.
Francisco Arias Solis
e-mail: aarias@arrakis.es
URL: http://www.arrakis.es/~aarias
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