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“¡Ay, dulce y cara España,
madrastra de tus hijos verdaderos!”
Lope de Vega.
LA VOZ DE UN DESTERRADO
La figura de Isla tiene indudable atractivos; es conocida su profunda vocación
religiosa, la abnegación con que gravemente enfermo, siguió a sus hermanos de
Orden al destierro, cuando la Compañía de Jesús fue expulsada de España en 1767;
la paciencia con que soportó, tras veinte días de navegación en el San Juan
Nepomuceno, ver que en Civatavecchia no eran aceptados por las autoridades
romanas y tenían que permanecer en los barcos, durante meses, costeando Italia y
Córcega, hasta ser al fin desembarcados en los presidios corsos -el P. Isla en
el de Calvi-; la generosidad con que emprende la tarea de traducir el Gil Blas,
de Lesage, para socorrer con sus beneficios a un caballero necesitado que le
pide ayuda ya que él no tiene ningún dinero. Tal era el hombre. Ni la dolorosa
salida le hizo menguar en su profundo amor a España.
José Francisco de Isla nace en Vidanes, provincia de León, el 24 de abril de
1903. Ingresa en la Compañía de Jesús y estudia en Salamanca. Ordenado
sacerdote, enseña Filosofía en Segovia, Santiago y Pamplona. Se ve envuelto en
varios procesos y equivocadas acusaciones, con intervención del Tribunal de la
Inquisición. El benemérito Padre Isla muere en Bolonia el 2 de noviembre de
1781.
El éxito de su obra Historia del famoso predicador fray Gerundio de Campazas,
alias Zotes, magnífica sátira literaria contra los predicadores enfáticos y
cultistas de la época, publicada en 1758, fue aún mayor que lo esperado: desde
la venta de los primeros 1.500 ejemplares en tres días hasta el desenfreno de
comentarios, cartas, elogios y denuestos. Poco a poco, sin embargo, se fue
nublando el cielo, y la tormenta no se hizo esperar: la Inquisición prohibió la
reimpresión del tomo I (después haría lo mismo con el II), y en mayo de 1760
prohibió la obra.
“Dios tenga en descanso al pobre Fray Gerundio -escribe su autor a su hermana-.
Condenóle el tribunal, y se publica la sentencia el día 10 del corriente. Ella
le declara reo de todos los delitos que puede cometer un libro, salvo los que
tocan inmediata y directamente a la fe y a la religión”. La ignorancia y la
pedantería de muchos predicadores, cuyo estilo era una degeneración acusada de
barroco, es fustigada mordazmente por el escritor jesuita. En el libro se
mezclan desordenadamente la narración novelesca –sobre la vida del ridículo
fraile- y el tratado didáctico sobre lo que debe ser la buena oratoria sagrada;
esta última domina sobremanera a lo largo de la obra.
El resto de su producción literaria es copioso, aunque no alcanza el interés de
la novela anterior. Tradujo varias obras foráneas: El héroe español. Historia
del emperador Teodosio, de Fléchier, Compendio de historia de España, de
Dúchesne, Cartas, de Constantini, Arte de encomendarse a Dios, de Bellati, y la
obra de Lesage Gil Blas de Santillana con el título Aventuras de Gil Blas de
Santillana, robadas a España y adoptadas por Monsieur Lesage , restituidas a su
patria y a su lengua nativa por un español zeloso que no sufre se burlen de su
nación (1787-1788) –publicada con el pseudónimo Joaquín Federico Issalpas-. En
colaboración con el padre Losada y con motivo de la canonización de Luis Gonzaga
y de Estanislao de Kotska escribió La juventud triunfante (1727). De carácter
satírico son las Cartas de Juan de la Encina (1732) y Triunfo del amor y la
lealtad. Día grande de Navarra (1746). Tienen gran interés sus Sermones (1792),
que acreditan que, si era capaz de censurar a los malos educadores, se hallaba
en condiciones de darles ejemplo. En las Cartas de Juan del Encina aspiró a
hacer con los malos médicos lo que en Fray Gerundio había llevado a cabo contra
los predicadores vacíos, pero no logró el mismo éxito.
La simpatía de Leandro Fernández de Moratín por el P. Isla es muy viva y
recuerda que el tribunal de la Inquisición “haciéndose del partido de los
necios, de los pedantes, de los desatinados oradores que tenían convertido el
púlpito en un tablado de arlequines, prohibió la Historia de Fray Gerundio,
porque en ella se censuraban escandalosos disparates”.
En el contexto de la época, la oratoria sagrada está viciada de afrancesamiento
y excesivo culteranismo, rayano en bufonada y ridículos juegos de palabras. Fray
Gerundio, pleno de un fino humor y donaire, no excepto de picaresca con toda esa
oratoria, como otrora Cervantes y su Quijote hicieron con la novela de
caballerías.
“Pero el tribunal que había prohibido la Historia de Fray Gerundio -continúa
Moratín-, no sólo era sabio, era infalible; y toda corporación o individuo que
logra esta inestimable preeminencia jamás revoca lo que una vez decidió. Se
leían, se celebraban en silencio los instructivos disparates del predicador de
Campazas; pero existía el implacable anatema que los calificó de malsonantes y
sólo en España no era lícito imprimir una obra que tanto honraba a la española
literatura”.
Francisco Arias Solis
e-mail: aarias@arrakis.es
URL: http://www.arrakis.es/~aarias
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