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La poesía es la máxima expresión de la escritura. No digo como otros, que la
poesía salva. La poesía es la enemiga más fiel de esa cursilería. También creo
que nos revela los lastres que nunca hemos perdido en el viaje: Alberto
Hernández (venezolano)
Exploro con el poema el cotidiano quehacer.
Quedarme vivo. La existencia me rodea
con malos ojos, con ganas de esquilmarme,
no otra cosa y yo, en la escribiduría,
sólo con esperanza, que no me robe mucho
y me deje alguna paz de proteína
para estos días de oculto gozo,
ganas de la venganza. Una alegría.
Es que, en el fondo, cotidianamente y por extenso,
estoy triste por mí y triste por todos.
La tristeza la siento en el ombligo
y baja por esferas hasta el tobillo
y duele más en el tendón de Aquiles.
Han de ser químicas de la emoción.
La mala alquimia que olfatea
su destino que es darte una mueca,
un suplicio opiáceo y la ironía.
¿Qué me traje del Orco que parezco
una rata, curiosa en medio de tinieblas,
qué fármaco ansiogénico desplaza mi poesía?
En exceso de fogota dejo escupida la angustia,
ardo en temor, pero queda exorcisado el mundo.
No. Es verdad. La poesía no salva a nadie.
Ni quita por contera mis estados depresivos.
Tal vez muestra uno que otro de los signos vulnerables.
Tal vez ayuda a que vea lo que vale la endogenia
de un par de receptores cuando asechan
salteadores mundanales y concretos del dolor.
Tal vez tres proteínas son, a las que llamo
mis musas: µ (mu), d (delta) y k (kappa)
de mi erótica poética, alquimias de mi verso.
Carlos Lopez Dzur
3-9-1999 / Estéticas mostrencas y vitales
http://clopezdzur.blogspot.com/
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